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El velo del invierno de Juan García Negrete

 

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Hay un círculo de luz en el despertar de las cosas ilusionistas y sinceras en estas imágenes de El Velo del Invierno. Veo la fotografía como un libro que cuenta el distraído carácter de todo lo cotidiano que hay en el mundo.

Soy un fotógrafo que busca en la ciudad una atmósfera naturalista en la enhorabuena de las calles, cuando en la mañana, o al caer la tarde, la luz da una conferencia con sus arreboles y formas caprichosas.

Con qué emoción volví a casa aquella vez, consciente de que en la cámara llevaba una foto simpática.

Siento que en la fotografía tiene que haber una familiaridad en el trato de las cosas sin concesiones de grandes teorías.

No es para mí el momento decisivo, el beso o el disparo que se alza en el instante irresistible. Estas fotografías  buscan el juramento indecisorio, la más completa exposición a la luz de los placeres y los días. Hay un espejo en el tiempo que es un daguerrotipo con ingenuidad de lo que es y de lo que se ve.

En el claustro de un aprendizaje tenaz  fui buscando todo lo genérico de los géneros fotográficos: el paisaje, el retrato y lo macrobiótico de un bodegón, hasta llegar a lo ingenérico y la divagación investigadora del silencio de la luz.

A Juan Carlos Martín Martín, fotógrafo, dedico estas palabras que nacen como frutos de entre las sombras y la luz.

JUAN GARCÍA NEGRETE

 

Sobre Juan García Negrete

Vive y trabaja en Santander.

Artista multidisciplinar con un obra que cuenta el distraído carácter de todo lo cotidiano que hay en el mundo, luz de sombras que auscultan lo verdaderamente extraordinario de las cosas sencillas.

Como fotógrafo, ha expuesto en diversas muestras colectivas. En 2014 tuvo su primera individual en la sala “Espacio Imagen” de Santander. Ha colaborado en El Diario Montañés en la sección de opinión con artículos semanales. Y, además, ha compuesto algunas cantatas como Viento del Sur, para cuatro voces solistas, chelo y piano, estrenada en la iglesia de Rucandio, Cantabria.

 

 

Ana García Negrete.

Cuando Juan se echa a la calle sueña con  imágenes que atraerá a su red si el día no se le da mal. Sabe que cada cosa reserva un perfil o un ángulo disimulado, y también que se encuentran metafóricamente al alcance de la mano que es el ojo de su prestidigitador laboratorio.

 

Hemos entrado en “Habitar la línea” llamados por las notas que este curioso Hamelín ha desplegado seductoramente para llevarnos a su particular atmósfera. Como un velo sutil nos acompaña en los ecos del contrapunto y la escala, para mirar.  Encontramos  imágenes que podrían referirse a un pequeño universo común a muchos de nosotros, habitual, pero desconocido.

Visionarios de la arquitectura de lo inefable siempre detrás de  lo imposible; Hans Vredeman de Vries,  Piranesi  o el  metafísico Giorgio de Chirico, traspasaron sus paisajes de arcos interrogativos y plazas ilusorias porque otro espacio era posible imaginar:   geometría del vacío para una arquitectura inquietante.

Lo que vemos no son las puertas reconocibles del teatro, ni tampoco un dique seco, no  son unas escaleras, diría Magritte. Es y no es. Representación o realidad. Vistos desde la perspectiva de Juan no pueden discutirse. Su trampantojo lo permite todo. De momento no parece dispuesto a cercar su fotografía en un paisaje previsto;  se puede mentir y se debe falsear la realidad. El poeta es un fingidor decía Pessoa. Nuestro amigo, Isaac Cuende, lo recordaba a menudo.

 

Estas marinas surcan los reflejos que las iluminan hasta desvanecerse. Vigiladas por el sol-astro, se vuelve inquisitivo a nuestro ojo observador. Parece que son  huella de lo que vimos antes. Por eso Juan advierte.  – ¡Oye, no solo es lo que ves! Recuerda…  Ahora reaparecen como espectros del sueño, bajo ese astro-ojo que al mirar nos completa. Recordemos que el viaje reposa en un planeta diferente. Nada es lo que parece ser y sin embargo algo de verdad permanece al fondo;  reflejos que ascienden a la superficie del espejo. Todo es, según el  punto de vista del que mira.  La memoria y el deseo siempre caminan juntos.

 

La clave de Juan se acerca a los objetos sin tiempo, suspendidos sobre pátinas  brillantes como pequeñas joyas engastadas.  Salta de una materia a otra sobre los fondos anónimos de la ciudad donde casi cualquier cosa puede suceder. Estética de la contemplación.

Es el sueño de una noche de verano en el velo del invierno. Sueño o vigilia, dispondremos de la magia que Puck guarda para nosotros. Estemos preparados para la extrañeza; el fogonazo que despierta la razón, o la memoria de la imagen que perdimos.

 

Poesía visual. Converge la naturaleza en una mano mutilada: “cuidado con echar el guante a una tijera”.  Cabe adivinar si fue el jardinero quien lo hizo. Para eso hemos venido aquí, para verlo con nuestros ojos y comprobar que sí existen hojas que son peces y erizados caballitos de mar de cabeza prestada, que un oasis puede ocultarse entre nuestras cosas y que es fácil distinguir el efecto mariposa que origina contemplar, solo hay que activar la imaginación tal como Juan nos propone.

 

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